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La excelencia del mando
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El impartir una orden empleando un tono y una postura corporal poco firme ante cualquier situación de conflicto con el perro, lo más probable es que consiga su desobediencia, y más aún, que el animal desafíe al hombre -gruñendo o mostrando los dientes- a fin desituarse en la jerarquía cuestionada. Clásico ejemplo ocurre al ordenársele que abandone el sillón favorito (tan favorito como lo es para su amo, no casualmente).
A menudo el desconocimiento lleva al amo a transmitir informaciones incoherentes o en la única forma en que no debía. El desgañitarse llamando a su perro, y sobre todo al que acostumbra a escapar, obtiene el efecto contrario: el huidizo se aleja cada vez más, y no habrá nombre ni apodo que sirva.
…Y, si el perro tarda en volver, en acudir al llamado, el amo se impacienta, se crispa y su rostro señala ya el castigo que espera al animal cuando regrese. Ahí está una de las razones -quizá la más importante en ese momento- para mantener la distancia, alejarse o esconderse. El perro ha entendido, sin embargo, ¡y cómo!; recibió las mínimas señales corpóreas, reforzadas por los decibeles y, al comprender la información -no hay dudas-, escapa lo más lejos posible. Lo correcto hubiera sido… convertirse en algo más atrayente que el entorno “tentador”; entorno lo suficiente interesante como para desobedecer y arriesgar un castigo. Sé de una persona que, cansada de llamar inútilmente y correr tras su “gracioso” siberian husky, se hizo la muerta; en el acto el perro se detuvo, intrigado, aproximándose y acabó la persecución infructuosa.
Sin llegar a invenciones tan humillantes y necrofilicas, aquella mujer estaba en lo correcto: logró comunicarse y obtuvo lo deseado.
Además de estos canales existen adaptaciones traductivas entre las especies, un idioma gestual ideado a partir de la convivencia. Verbigracia: en los perros que viven en muy estrecha comunidad con el hombre, se nota cómo presentan las almohadillas de sus patas para obtener comida o alimento. Equivalente en el hombre a estirar el brazo con la palma hacia arriba (humano gesto universal demandante). Igualmente, el hombre aprende que agachándose y golpeando con sus manos en ambas pantorrillas (como los canes descienden su tronco) es una invitación al juego; invitación irresistible en idioma perruno.
Y el juego, siempre, como la alegría, es una de las claves del mando.
por Sergio Grodsinsky, 1994
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